lunes, 13 de enero de 2014
sábado, 11 de enero de 2014
viernes, 10 de enero de 2014
ESTA TARDE
Ahora quiero amar algo lejano...
algún hombre divino
que sea como un ave por lo dulce,
que haya habido mujeres infinitas
y sepa de otras tierras, y florezca
la palabra en sus labios, perfumada:
suerte de selva virgen bajo el viento...
Y quiero amarlo ahora. Está la tarde
blanda y tranquila como espeso musgo,
tiembla mi boca y mis dedos finos,
se deshacen mis trenzas poco a poco.
Siento un vago rumor... Toda la tierra
está cantando dulcemente... Lejos,
los bosques se han cargado de corolas,
desbordan los arroyos de sus cauces
y las aguas se filtran en la tierra
así como mis ojos en los ojos
que estoy soñando embelesada...
Pero...
ya está bajando el sol tras de los montes,
las aves se acurrucan en sus nidos,
la tarde ha de morir y él está lejos...
lejos como este sol que para nunca
se marcha y me abandona, con las manos
hundidas en las trenzas, con la boca
húmeda y temblorosa, con el alma
sutilizada, ardida en la esperanza
de este amor infinito que me vuelve
dulce y hermosa...
algún hombre divino
que sea como un ave por lo dulce,
que haya habido mujeres infinitas
y sepa de otras tierras, y florezca
la palabra en sus labios, perfumada:
suerte de selva virgen bajo el viento...
Y quiero amarlo ahora. Está la tarde
blanda y tranquila como espeso musgo,
tiembla mi boca y mis dedos finos,
se deshacen mis trenzas poco a poco.
Siento un vago rumor... Toda la tierra
está cantando dulcemente... Lejos,
los bosques se han cargado de corolas,
desbordan los arroyos de sus cauces
y las aguas se filtran en la tierra
así como mis ojos en los ojos
que estoy soñando embelesada...
Pero...
ya está bajando el sol tras de los montes,
las aves se acurrucan en sus nidos,
la tarde ha de morir y él está lejos...
lejos como este sol que para nunca
se marcha y me abandona, con las manos
hundidas en las trenzas, con la boca
húmeda y temblorosa, con el alma
sutilizada, ardida en la esperanza
de este amor infinito que me vuelve
dulce y hermosa...
ALFONSINA STORNI
jueves, 9 de enero de 2014
UNA CARTA DE AMOR - ERES MI LUZ... SÓLO TÚ ME ILUMINAS
La luz es uno de los elementos más importantes que siempre hemos necesitado para poder salir de nuestra tristeza y de nuestras depresiones. Es un elemento básico que nos permite encontrar la guía para poder salvar la angustia que llevamos sumida en nuestro corazón. Hay veces que no nos damos cuenta, pero tenemos la luz a nuestro lado brindándonos la posibilidad de poder luchar por lo que verdaderamente deseamos y tenemos frente a nosotros.
Eres la luz de mis ojos
No es fácil hacerse frente en esta vida, y mucho menos cuando nos arrastra el sentimiento de culpabilidad y del fracaso que cada vez hace mucho más difícil que consigamos levantarnos y podamos seguir adelante luchando por lo que verdaderamente pensamos.Eres la luz de mis ojos
No es fácil, pero nada en esta vida es fácil… La vida nos lleva por los derroteros que cada vez cuesta más superar y que nos llevan a creer que realmente no existe una salida verdadera por lo que sentimos. No es fácil…
Pero cuando el camino se torna gris y renacen los diablos en mi mente que se tornan en el gris más profundo, tus ojos siguen dando esa fuerza y vitalidad que me hace darme cuenta de que realmente no estoy tan sola como creía.
Eres mi luz y mi esperanza, eres un sueño en mi desesperación, eres esa parte de mí que renace en el momento en que mi corazón se siente resentido, decaído y exhausto por no conseguir hacer frente a la pérdida.
Eres mi realidad, mi sueño y verdad… Esa verdad que me asombra y que hace que mi mundo interior enriquezca… eres un sueño, y luz… Y mi verdad … Mi eterna realidad y mi garantía de ilusión que solo el tiempo hará que se convierta en mi utopía, mi verdadera realidad utópica… Eres mi luz…
lunes, 6 de enero de 2014
UNA BONITA Y EMOTIVA CARTA A LOS REYES MAGOS
"Queridos Reyes Magos:
No sé si me recordarán: soy el lejano niño aquel que medio aprendió a escribir en este ruego epistolar, hace ya tantos años… Sí, el que pedía todo lo que no recibió y que se conformaba -bueno, se conformaba…- con lo que le decía su padre: “Los Reyes no habrán dado con el pueblo, hijo. Este pueblo está muy lejos”. Yo no me conformaba, porque a los vecinos ricos de la calle sí que les traían cosas, las que pedían y las que ni podían imaginar, que no sé cómo a mí no me traían siquiera lo que ellos no esperaban y les sorprendía.
Soy aquel niño que todos los años, sin perder ni una hoja de esperanza, volvía al papel, a la tinta, al ruego, al buzón (¿en qué valija del aire están, esperando respuesta, todas las cartas de niños pobres de la historia?)… Magos de mi infancia, benditos y siempre perdonados Magos de mi niñez, aquella niñez que al final acababa siempre igual: jugando en el corral, en un montón de tierra, con sus propias manos, unas manos que querían hacer todo lo que hubieran hecho los regalos que nunca tuve. Mis Reyes, como no había noticias de ustedes, fueron los niños que se cansaban de sus juguetes, que los daban, averiados, pero los daban. Y yo convertía mi juego en un país de inválidos que me hacían feliz.
Soy aquel niño que si bien no lloró nunca al ver su ventana sin los juguetes pedidos, lloró cuando alguien le dijo que los Reyes eran los padres… Y es que, por pobres que fueran ustedes, más pobres eran mis padres, y a mis padres sí que no podía yo pedirles aquel mundo de los escaparates del pueblo: una escopeta, un balón, una bicicleta… De modo que lloré por pobre, no por ser un niño sin juguete, no porque los Reyes no dieran con mi pueblo. Lloré como lloro ahora, Reyes Magos de mi edad adulta, Reyes Magos de todos los 6 de enero vividos con conciencia. Y no lloro tanto por lo que no me traen como por lo que se han llevado las estrellas, el viento, el río, el tiempo. No sé también si ustedes saben que mi infancia quizá duerma en una de esas cajas de la vuelta a Oriente, en cualquier bulto de sobra, que hay infancias que saben esconderse entre los juguetes y los sueños y no hay quien las encuentre. Si lo sabré yo, majestades…
Les escribo no para que me traigan lo que nunca me llegó, sino para que me devuelvan lo que fue mío, mío, egoístamente mío, y que se me perdió en las huellas de sus camellos, en los sueños de Navidad, en los caminos blancos y fríos de diciembre, de enero, cuando la yerba pinta el campo para los hombres del campo y para los poetas. Quisiera hallar en la ventana del 6 de enero -o en la ventana de cualquier día, miren si les doy facilidades- la voz de mi padre, sus ojos, su sonrisa, el calor de sus manos, su aliento, siquiera el olor de aquel rey mago de todos los días de mi vida, que siempre vino cargado con la bondad y una mirada de esperanza. Quisiera recuperar el tiempo, el tiempo de mi infancia -sin juguetes, sin lujos, sin desahogo de familia pudiente- en el campo, en las calles abiertas del día, en los ratos largos -aquellos ratos en los que un niño podía cumplir años dos veces- del juego en libertad, los días del camino a la escuela en busca de la aventura de hallar una palabra nueva, una nueva ciudad, un pasaje de la historia que estaba al volver la página del libro recién abierto.
Escribo con esa esperanza, la de hallar lo perdido, lo arrancado sin que apenas me diera cuenta. Quiero hallar las voces de mis amigos que se fueron una tarde entre dobles y rezos, unas coronas y un olvido que empezó a madurar apenas se puso el sol sobre las tapias del cementerio… Quiero que me traigan las noches frías de la familia unida y reunida, que se cerraba la puerta de la casa y era como cerrar la mano: todo quedaba dentro. Quiero los días de sueño, la imaginación desnuda, aprendiendo a andar por las palabras, las ideas, las luces del día, la lluvia, la tierra, la noche… No quiero pensar que perderé para siempre todo lo perdido. Debe de estar en algún sitio, majestades, Reyes Magos amigos. Tráiganmelo, ahora que los días distintos empiezan a contar ausencias, sin piedad, y descubrimos que estamos más solos de lo que creemos. Tráiganme los ojos, la voz del recuerdo travestido de olvido, el recuerdo que golpea en las paredes del corazón, de la memoria. Tráiganme los días felices, idos, lejanos, ¿perdidos?, míos, que los siento aquí, donde la verdad no admite rincones para que la escondamos. Tráiganme silencio, paz, concordia, inocencia, fe, ilusiones… Les escribo para que me traigan todo eso, y más, las viejas palabras gastadas que alguien conserva todavía a la orilla de una esperanza… A cambio, llévense la edad, el triste saber del camino andado, los años de camino, esto que llaman valor de la edad, la posición, la holgura, el reconocimiento social, el mentiroso éxito de lo diario, de lo que no podrá ser eterno nunca, o sea, estas hojas falsas de este árbol de plástico en que se ha convertido el esqueleto.
Porque también les escribo para que recojan esta equivocada cosecha que soy. Para que se lleven todos estos trabajos, todos estos muebles, todos estos bienes, todos estos logros, todos estos fracasos que llaman triunfos… Quiero lo perdido, que es lo más deseado, “se canta lo que se pierde”, dijo un poeta de la tierra. Porque ya, majestades, nada de lo que tengo me puede hacer del todo feliz. Porque ya todo esto que soy depende de lo que tuve y no tengo. Y ya nada de lo que ayer buscaba y hoy he hallado, tiene el sabor de la búsqueda. Yo buscaba esta edad, estos trabajos, esta casa, estos muebles, estos días míos con otras gentes, por un camino que no es éste, con una ilusión que no es ésta. He llegado, más o menos, al sitio que pretendí, pero no están quienes yo soñaba que estuvieran conmigo para celebrarlo. Esto ha sido despertar y no hallar del sueño más que el aire amargo de la ausencia.
Por eso pido mi niñez, mi tiempo, siempre ancho, los míos, quienes estaban conmigo construyendo este sueño. Pido mi inocencia, mi fe, mi ilusión. Pido el niño que no se me muere, el que se entristece cuando me ve mayor y peor que solo: lleno de ausencias terribles.
Pónganme en la ventana de cualquier día -sigo dando facilidades, ya ven- cualquier día de aquellos en los que yo creí que el despertar de los sueños tendría los mismos personajes que el inicio. Busquen entre esos bultos; es posible que, escondido entre una ilusión y una esperanza, unas cartas de torpe trazo y una fe, hallen un chiquillo que creyó en todo una vez. Incluso, y a pesar de todo, en ustedes.”
No sé si me recordarán: soy el lejano niño aquel que medio aprendió a escribir en este ruego epistolar, hace ya tantos años… Sí, el que pedía todo lo que no recibió y que se conformaba -bueno, se conformaba…- con lo que le decía su padre: “Los Reyes no habrán dado con el pueblo, hijo. Este pueblo está muy lejos”. Yo no me conformaba, porque a los vecinos ricos de la calle sí que les traían cosas, las que pedían y las que ni podían imaginar, que no sé cómo a mí no me traían siquiera lo que ellos no esperaban y les sorprendía.
Soy aquel niño que todos los años, sin perder ni una hoja de esperanza, volvía al papel, a la tinta, al ruego, al buzón (¿en qué valija del aire están, esperando respuesta, todas las cartas de niños pobres de la historia?)… Magos de mi infancia, benditos y siempre perdonados Magos de mi niñez, aquella niñez que al final acababa siempre igual: jugando en el corral, en un montón de tierra, con sus propias manos, unas manos que querían hacer todo lo que hubieran hecho los regalos que nunca tuve. Mis Reyes, como no había noticias de ustedes, fueron los niños que se cansaban de sus juguetes, que los daban, averiados, pero los daban. Y yo convertía mi juego en un país de inválidos que me hacían feliz.
Soy aquel niño que si bien no lloró nunca al ver su ventana sin los juguetes pedidos, lloró cuando alguien le dijo que los Reyes eran los padres… Y es que, por pobres que fueran ustedes, más pobres eran mis padres, y a mis padres sí que no podía yo pedirles aquel mundo de los escaparates del pueblo: una escopeta, un balón, una bicicleta… De modo que lloré por pobre, no por ser un niño sin juguete, no porque los Reyes no dieran con mi pueblo. Lloré como lloro ahora, Reyes Magos de mi edad adulta, Reyes Magos de todos los 6 de enero vividos con conciencia. Y no lloro tanto por lo que no me traen como por lo que se han llevado las estrellas, el viento, el río, el tiempo. No sé también si ustedes saben que mi infancia quizá duerma en una de esas cajas de la vuelta a Oriente, en cualquier bulto de sobra, que hay infancias que saben esconderse entre los juguetes y los sueños y no hay quien las encuentre. Si lo sabré yo, majestades…
Les escribo no para que me traigan lo que nunca me llegó, sino para que me devuelvan lo que fue mío, mío, egoístamente mío, y que se me perdió en las huellas de sus camellos, en los sueños de Navidad, en los caminos blancos y fríos de diciembre, de enero, cuando la yerba pinta el campo para los hombres del campo y para los poetas. Quisiera hallar en la ventana del 6 de enero -o en la ventana de cualquier día, miren si les doy facilidades- la voz de mi padre, sus ojos, su sonrisa, el calor de sus manos, su aliento, siquiera el olor de aquel rey mago de todos los días de mi vida, que siempre vino cargado con la bondad y una mirada de esperanza. Quisiera recuperar el tiempo, el tiempo de mi infancia -sin juguetes, sin lujos, sin desahogo de familia pudiente- en el campo, en las calles abiertas del día, en los ratos largos -aquellos ratos en los que un niño podía cumplir años dos veces- del juego en libertad, los días del camino a la escuela en busca de la aventura de hallar una palabra nueva, una nueva ciudad, un pasaje de la historia que estaba al volver la página del libro recién abierto.
Escribo con esa esperanza, la de hallar lo perdido, lo arrancado sin que apenas me diera cuenta. Quiero hallar las voces de mis amigos que se fueron una tarde entre dobles y rezos, unas coronas y un olvido que empezó a madurar apenas se puso el sol sobre las tapias del cementerio… Quiero que me traigan las noches frías de la familia unida y reunida, que se cerraba la puerta de la casa y era como cerrar la mano: todo quedaba dentro. Quiero los días de sueño, la imaginación desnuda, aprendiendo a andar por las palabras, las ideas, las luces del día, la lluvia, la tierra, la noche… No quiero pensar que perderé para siempre todo lo perdido. Debe de estar en algún sitio, majestades, Reyes Magos amigos. Tráiganmelo, ahora que los días distintos empiezan a contar ausencias, sin piedad, y descubrimos que estamos más solos de lo que creemos. Tráiganme los ojos, la voz del recuerdo travestido de olvido, el recuerdo que golpea en las paredes del corazón, de la memoria. Tráiganme los días felices, idos, lejanos, ¿perdidos?, míos, que los siento aquí, donde la verdad no admite rincones para que la escondamos. Tráiganme silencio, paz, concordia, inocencia, fe, ilusiones… Les escribo para que me traigan todo eso, y más, las viejas palabras gastadas que alguien conserva todavía a la orilla de una esperanza… A cambio, llévense la edad, el triste saber del camino andado, los años de camino, esto que llaman valor de la edad, la posición, la holgura, el reconocimiento social, el mentiroso éxito de lo diario, de lo que no podrá ser eterno nunca, o sea, estas hojas falsas de este árbol de plástico en que se ha convertido el esqueleto.
Porque también les escribo para que recojan esta equivocada cosecha que soy. Para que se lleven todos estos trabajos, todos estos muebles, todos estos bienes, todos estos logros, todos estos fracasos que llaman triunfos… Quiero lo perdido, que es lo más deseado, “se canta lo que se pierde”, dijo un poeta de la tierra. Porque ya, majestades, nada de lo que tengo me puede hacer del todo feliz. Porque ya todo esto que soy depende de lo que tuve y no tengo. Y ya nada de lo que ayer buscaba y hoy he hallado, tiene el sabor de la búsqueda. Yo buscaba esta edad, estos trabajos, esta casa, estos muebles, estos días míos con otras gentes, por un camino que no es éste, con una ilusión que no es ésta. He llegado, más o menos, al sitio que pretendí, pero no están quienes yo soñaba que estuvieran conmigo para celebrarlo. Esto ha sido despertar y no hallar del sueño más que el aire amargo de la ausencia.
Por eso pido mi niñez, mi tiempo, siempre ancho, los míos, quienes estaban conmigo construyendo este sueño. Pido mi inocencia, mi fe, mi ilusión. Pido el niño que no se me muere, el que se entristece cuando me ve mayor y peor que solo: lleno de ausencias terribles.
Pónganme en la ventana de cualquier día -sigo dando facilidades, ya ven- cualquier día de aquellos en los que yo creí que el despertar de los sueños tendría los mismos personajes que el inicio. Busquen entre esos bultos; es posible que, escondido entre una ilusión y una esperanza, unas cartas de torpe trazo y una fe, hallen un chiquillo que creyó en todo una vez. Incluso, y a pesar de todo, en ustedes.”
domingo, 5 de enero de 2014
EL PODER DE LA MÚSICA
Dice el refrán que “la música amansa a las fieras”. Una máxima que apela al poderoso efecto que una melodía puede tener sobre nosotros. A quien no le ha pasado esto alguna vez. Andas por la calle, sumergido en tus problemas del día a día y de pronto escuchas una canción. Un par de acordes son suficientes para iniciar un viaje en el tiempo y traer al presente ese recuerdo que pensabas ya olvidado. Una simple melodía ha sido capaz de despertar tus emociones, de sacarte una sonrisa y de aparcar por unos minutos los quebraderos de cabeza cotidianos.
Oscar Wilde decía que “el arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos”. Pero la música es un recurso que podemos utilizar, no sólo para despertar nuestros sentimientos, sino también para favorecer nuestro aprendizaje y mejorar nuestra memoria. Estas conclusiones son fruto de los diversos estudios que investigadores de todo el mundo han llevado a cabo para esclarecer el poderoso efecto que esta manifestación artística tiene sobre nosotros.
LA MÚSICA UN RECURSO PROVECHOSO
Investigaciones recientes han demostrado que la música activa grandes áreas del cerebro. Estos datos se desprenden del estudio llevado a cabo por Alluri y destaca que cuando escuchamos una melodía se activan algunas áreas de nuestro cerebro como son la auditiva, la límbica y la motora. Esta estimulación cerebral se produce independientemente del estilo musical que estemos escuchando.
Dice el cantautor argentino, León Gieco que “la música es una cosa amplia, sin límites, sin fronteras, sin banderas”. Quizá esa universalidad hace que la música puede ser aprovechada también como un valioso recurso para mejorar nuestro aprendizaje de lenguas extranjeras. A esta conclusión llegó Ludke tras observar a un grupo de personas que estaban estudiando Húngaro. La experiencia reveló que los alumnos que aprendían este idioma cantando frases obtenían mejores resultados que aquellos que se limitaban a repetirlas sin más. Estudios de este tipo llevan a los investigadores a plantearse que la música proporcione un plus adicional a nuestro cerebro que le ayuda a mejorar la memoria.
MÚSICA PARA VIAJAR EN EL TIEMPO
Otra revelación científica viene a confirmar un hecho que todos hemos dado por sentado siempre. Para viajar en el tiempo, uno de los billetes favoritos que utilizamos es la música, sobre todo, cuando queremos evocar los recuerdos de nuestra adolescencia, una de las etapas que más marcan la vida de una persona.
Según datos publicados por Krumhansl & Zupnick, escuchar melodías de nuestra adolescencia nos hace transportarnos en el tiempo de manera instantánea. No es preciso escuchar nuestra música favorita para iniciar este viaje por nuestra memoria, sino que es suficiente con oir las notas de cualquier canción que asociemos a esta etapa de nuestra vida. Según Khumhansl “la música transmitida de generación a generación le da forma a nuestros recuerdos autobiográficos, preferencias y respuestas emocionales, un fenómeno que llamamos golpes de reminiscencia. Estos nuevos hallazgos señalan la influencia de la música en la niñez”.
Por tanto, disfruta y sácale provecho al poderoso efecto de la música. Pues como decía Nietzsche “sin música la vida sería un error”.
jueves, 2 de enero de 2014
EL SILENCIO DEL ALMA
En el silencio de tu alma se esconden los más bellos secretos de tu corazón.
El silencio no es la ausencia de sonidos, es un estado tranquilo en el que puedes oír lo que se mueve en tu interior con mayor claridad.
En silencio se descubren maravillosas conversaciones que la palabra sería incapaz de pronunciar.
En el trabajo callado y tranquilo los dones de las personas se hacen visibles.
La palabra, cuando es clara y sincera, nos acerca a los demás, nos ayuda a darnos a conocer, nos muestra lo que los demás piensan y viven… el silencio es el mayor grado de comunicación que podemos conseguir con un ser humano.
Ábreme el cofre sagrado de tu silencio, comparte conmigo desde lo que eres, desde lo que vives, desde lo que lloras y desde donde te alegras… sin palabras.
Entraré de puntillas, sin hacer ruido, para no romper la hermosura que me ofreces a través de tu silencio...
El silencio es el
mayor grado de comunicación.
Autor: Desconocido
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






